viernes, 11 de octubre de 2019

PROBABLEMENTE LAS TRES NOVELAS MÁS LARGAS QUE ESCRIBIÓ THOMAS PYNCHON




Hoy hablaremos en nuestra sección de Literatura de Thomas Ruggles Pynchon junior, un juntaletras con pretensiones de semidiós que perpetra mamotretos incomprensibles para la gente normal y corriente y que seguramente es un adicto a las drogas mezcladas con generosas dosis de alcohol de garrafón genio de la novelística actual. Una cosa curiosa sobre nuestro autor es que nadie, aparte de los familiares y amigos más cercanos se ha de suponer si es que los tiene conoce el aspecto de su cara y de su cuerpo humano probablemente porque es más feo que el Fary exprimiendo limones con el Hombre Elefante; en las solapas de sus libros, allí donde es tradicional que aparezca una fotografía con el rostro de quien lo ha escrito, suele presentarse un enigmático cuadrado tachado con una equis. Tampoco se sabe demasiado sobre su vida. Es bastante seguro que nació en Long Island, en el estado de Nueva York; que estudió ingeniería y literatura; que fue alumno de Vladímir Nabokov ya ves tú que cosa; que su primer trabajo como profesional de la escritura consistió en folletos promocionales para compañías aéreas; que existen fundadas sospechas de que invocó a Yog-Sothoth en lo alto de una colina con menhires ciclópeos, y que Yog-Sothoth le dio por el culo. En fin, poco más ha trascendido sobre su biografía. Existen algunas fotografías suyas, pero todas ellas pertenecen a sus años mozos y a su etapa en la Marina y allí fue seguramente donde escribió un montón de yaoi. Semejante misterio à la Salinger, unido con su gran prestigio entre la comunidad de masturbadores envidiosos como yo mismamente críticos literarios y a su inmenso egocentrismo disfrazado de humildad talento convierten a Pynchon en un referente ineluctable para todos los interesados en la hedionda basura que quiere hacerse pasar por algo profundo y rompedor literatura posmoderna maximalista y, nos atreveríamos a decir, y nos atrevemos, para todos los amantes de la cultura de cualquier época y contexto sociocultural.

Los intereses de Pynchon como autor son inabarcables: en sus novelas, concebidas como el resultado de darle a un chimpancé hasta las cejas de Pervitina una máquina de escribir y una muñeca hinchable  rellena con plátanos pelados una obra de arte total, encontramos desde biografías irónicas de personajes históricos hasta las matemáticas más abstractas, desde terror cósmico pulp hasta el más refinado erotismo, desde el hardboiled más noir a la parodia de las novelas juveniles desde la nada total hasta la más absoluta vaciedad aderazada con pasajes de coprofagia. Y para ello usa una increíble variedad de registros para decirle al mundo mirad hijos de puta lo bien que escribo, malditos patanes sin talento que os tragáis mis cagarros sin rechistar ja ja ja así como un sobrenatural dominio de la prosa y una erudición excepcional. Cierto es que la mayor parte de su obra, aunque concebida en parte con espíritu comercial ya que el tipo tiene que pagarse sus fumadas, puede resultar complicada para paladares poco exigentes, sin que con esto queramos hacer de menos a nadie del mainstream y como si yo fuera un intelectual y no un puto incel cuyas novelas preferidas son las novelizaciones de Resident Evil. Claro que los que lo flipan fuerte con Pynchon, que son pocos y están localizados por si acaso, tampoco entienden una puta mierda, pero disimulan, los perros, con quién sabe qué propósito, quizá para sentir algo en sus podridos corazones de snobs pequeñoburgueses. Pynchon suele describirse como un autor denso como mierda humana llena de pelos de rata en una cloaca atascada de la Calcuta de la década de 1950 y sus tramas, complejas, laberínticas, abirragadas en el buen sentido que no lo tiene, plagadas de multitud de absurdos desarrollos divergentes y personajes de cartón y al mismo tiempo profundamente anormales sorprendentes pueden producir un efecto de aburrimiento infinito desorientación y alejamiento en aquellos y aquellas que se acerquen a sus textos por vez primera. Pero en la perseverancia está la recompensa, y quien entra en el desvencijado reino pynchoniano con la mente vacía abierta está condenado abocado a odiarle a muerte amarle.

Por todo ello, para que quienes no conozcan a Pynchon puedan tener un atisbo de su obra, y para que quienes sí tengan la oportunidad de ofenderse, cosa siempre bienvenida, en esta entrada pasamos a reseñar las tres novelas más famosas del misterioso escritor de Long Island, que son también las más largas y las que por tanto más árboles han destruido. Nota: no he leído personalmente ninguna de estas tres ni tampoco cualquier otra cosa escrita por Pynchon. Ni putas ganas. Pero un familiar mío, que por lo menos no es un analfabeto funcional, las tiene en su estantería. He visto sus gruesos lomos y supongo que eso en sí mismo ya es suficiente como para escribir sobre ello. Por el tamaño de esos libracos parece obvio que serían armas muy eficaces, debido a su peso y al efecto de la fuerza de la gravedad en por ejemplo la cabeza de alguien. En todo caso, una novela de Pynchon es un excelente regalo navideño para el cuñado o la prima que les caiga mal, siempre y cuando puedan apañárselas para robarla.

1. El arcoiris de la gravedad (Gravity's Rainbow).

Publicada originalmente en 1973, su edición española en tapa blanda más reciente tiene mil ciento cuarenta y ocho páginas.  La que puede ser la obra maestra de Pynchon al decir de muchos críticos tiene lugar espaciotemporalmente en el Londres y el Berlín de los días previos al fin de la Segunda Guerra Mundial, y también en los momentos iniciales de la ocupación de la capital del Reich por las Cuatro Potencias aliadas tras la finalización del conflicto. Su personaje principal, si puede hablarse de algo semejante en una novela que tiene más de mil personajes, muchos de ellos con diálogo, es un tal Tyrone Slothrop. Al cual un experimento conductista llevado a cabo por un científico loco (uno de los muchos científicos locos que pueblan la historia) le ha convertido en el Hombre-Cohete, porque está condicionado para tener una erección en las cercanías del imipolex, un material plástico que conforma las cabezas de guerra de las V-2 nazis. ¿Cómo se quedan, amigos? La incoherente trama sigue al Hombre-Cohete de vez en cuando, en un Londres gris y frustado sexualmente, y en un Berlín desolado y sadomasoquista. Pero al mismo tiempo Pynchon se toma su tiempo para explicarnos de forma quizá un tanto esquinada y liosa temas tan fascinantes como las características de las V-2, las costumbres amatorias de un jerifalte de las SS, la búsqueda del Santo Grial por parte de un comando de hereros, las andanzas de un comisario adicto a la morfina, etcétera, etcétera, y además hay un crucero, kamikazes, canciones de vodevil con fórmulas de ingeniería de cohetes, críticas de películas, la explicación más estrafalaria jamás escrita de la distribución de Poisson, el casino de Hermann Goering, un monstruo adenoide, una buena selección de panzerkampfwagen destruidos y descritos con sensual detalle, bombillas, etcétera, etcétera. Parece una cosa bastante rara y lo es, por supuesto que lo es, y uno tiene la sensación de que es muy posible de que Pynchon quiere decirnos algo con todo esto, con este artístico revoltijo. O quizá no. A lo mejor el monstruo adenoide es el Inconsciente, según he leído en las reseñas de la gente que sabe. Mi impresión es que leerse este morlaco de una sentada o dos es algo casi imposible, dada su ya mencionada densidad. No, creo que es recomendable leerla a poquitos, en situaciones que toman un tiempo determinado y luego se acaban, como por ejemplo cagando. Llévense Gravity's Rainbow al cuarto de baño y lean una o dos páginas mientras hacen el número dos: y luego dejen su volumen de Gravity's Rainbow encima del inodoro, junto al papel higiénico, en vistas a la próxima ocasión. Conviertan su cagadero en un templo de la cultura. Ése es mi consejo. Eso sí, no se equivoquen con el papel a la hora de limpiarse el hojaldre, porque esta desmesurada novelaca, cuya génesis exigió eones de esfuerzo intelectual a su autor y muy posiblemente el uso concomitante de sustancias estupefacientes, ganó el National Book Award del año 1973. Los del Pulitzer la rechazaron por considerarla sobrescrita, repetitiva y obscena, y a partir de ese mismo instante Pynchon empezó a sonar como candidato al Nobel de literatura.

2. Mason y Dixon (Mason & Dixon). 

Publicada originalmente en 1997, su edición española en tapa blanda más reciente tiene novecientas cincuenta y ocho páginas. Y no sobra ninguna en la que puede ser la novela histórica más incomprensible e ilegible escrita jamás. En ella Pynchon se embarca en las biografías de los astrónomos ingleses Charles Mason y Jeremiah Dixon, haciendo un énfasis especial en la expedición que ambos emprendieron para dirimir una disputa fronteriza en el norte de los Estados Unidos y que culminó con el trazado de la (relativamente) célebre línea Mason-Dixon. Está contada por un verboso reverendo, que más que un narrador omnisciente no confiable es un narrador al que te gustaría quemar en la hoguera debido a su mortificante uso de las más tediosas convenciones del lenguaje barroco. Incluye, como es natural, la clase de temas tirando a lo grotesco y lo arabesco que tanto fascinan al alumno de Nabokov: aquí tenemos una tranquila conversación entre dos, ejem, cronómetros. Tenemos a Benjamin Franklin fumando buena mierda. Tenemos los consejos vitales ofrecidos por un pirata, dados nada más y nada menos que por la oreja que le cortaron al susodicho pirata. Tenemos también la confección y el transporte del queso de bola más grande de Inglaterra y bizantinas conjuras protagonizadas por jesuitas. Es muy fácil que usted, querido lector, se pierda en el fascinante, ameno, estúpido y enmarañado universo dieciochesco en el que nos sumerge Pynchon, porque, bien mirado, ¿a qué persona normal puede importarle el tamaño que tenían las orejas de un caballero llamado Maskelyne? Pero pese a no ser el típico bolsilibro estilo Ken Follet Mason & Dixon goza de cierto predicamento entre algunos lectores porque, como toda novela histórica que se precie, contiene generosas dosis de sexo, y del guarro y perturbador, cosa que es lo que mueve a los lectores de novela histórica en el fondo. Así que no se preocupen, queridos lectores de novela histórica: en Mason & Dixon también tendrán su ración de pornografía, aunque en este caso tendrán que abrirse paso por una inhóspita jungla de palabras cultas (mi preferida es azimut), largas explicaciones técnicas, parábolas inaprensibles y párrafos que, aunque parecen estar escritos en castellano, carecen de sentido por muchas veces que se lean (otra posibilidad, por supuesto, es que sean demasiado incultos como para comprender nada, como es mi caso). Con paciencia llegarán al  mondongo, a las picantonas costumbres de las mujeres malayas y cosas por el estilo. Esta novela supuso a Pynchon milenios enteros de duro trabajo de investigación, y se especula que durante esos milenios el autor fue adicto a los efluvios de la amapola, y tras su publicación su nombre siguió sonando como candidato al Nobel, a cualquiera, aunque sin embargo no se le concedió ningún premio prestigioso, de modo que no pudo enviar a un comicastro a recogerlo en su lugar, cosa que suele hacer como declaración política y artística. O declinar recogerlo por completo para hacerse el chulo, que esa costumbre también la tiene.

3. Contraluz (Against the Day).

Publicada originalmente en 2006, la primera edición española en tapa dura tiene mil trescientas treinta y siete páginas. De las tres interminables joyas de las letras reseñadas más o menos aquí esta Contraluz quizá sea la más legible con diferencia. La más larga sin duda lo es. Lo que significa que para algunos talifanes de Pynchon, que los hay, el adalid de la literatura posmoderna maximalista norteamericana ha perdido su toque. Convirtiéndose en una parodia de sí mismo, su autoría suplantada por una vaina espacial de la misma forma que David Bustamante se convirtió en una mera sombra de sí mismo en su disco Vivir, si lo comparamos con la frescura del fundacional álbum Así soy yo. Contraluz, es cierto, contiene todas las señas de identidad de Pynchon: confusas tramas donde una multitud de personajes, algunos históricos como Nikola Tesla o el archiduque Franz Ferdinand, otros inventados, como espías turcos y bandoleros mejicanos y una tropa de adolescentes que surcan el cielo a bordo de zepelines, hacen una serie de cosas que se nos describen de una forma harto confusa. También hay sexo raro, una preciosa (para el que la pille) metáfora con el feldespato de Islandia, armas de rayos, cuaterniones, míticas ciudades subterráneas, anarquismo, pinkertons y perros que leen y hablan, esto es, lo que uno podría esperarse de ese cacho cabrón e incluso más, pero al mismo tiempo falta algo, ese je ne sais quoi que convertía a El arcoiris de la gravedad en un viaje inolvidable a los abismos de la expresión intelectual encarnada en la palabra escrita. De todas formas, a quién le importa: Pynchon sigue siendo candidato al Nobel, más que nunca. Ojalá nunca se lo den y el mundo le olvide, por el bien de todos nosotros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario