domingo, 22 de septiembre de 2019

MOURA & HERBERT



Herbert George Wells es uno de mis escritores favoritos, y por eso lo que sigue resulta doloroso, porque duele ver que tus ídolos no son en el fondo nada más que personas humanas de carne y hueso etcétera. Y como tales, como tú y como yo, los ídolos también cagan. Cometen errores. Hacen tonterías. Por regla general, hacen tonterías por amor, por pensar con la polla o porque les pica la pepitilla, como suele decirse. Como tú y como yo. Claro que a los ídolos se les suele recordar años después de que hayan muerto, no como en mi caso. Y, muy posiblemente, tampoco en el tuyo.

Wells visitó Rusia en varias ocasiones. En 1920, cuando el Imperio zarista ya era la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, lo hizo por invitación del camarada Peshkov, aka Maksim Gorki. Gorki alojó a Wells en su casa de San Petersburgo Petrogrado Leningrado, y allí fue donde el escritor de La máquina del tiempo, en la amplia y cómoda dacha del escritor de La madre, conoció a su tercera pareja estable. La dama se llamaba Maria Ignatieva Zebrevskaia-Benckendorff-Budberg, aunque todos los que la querían la llamaban Moura. Moura era nacida en Ucrania, y procedía de una familia donde los varones solían ser militares y las mujeres solían dedicarse a sus labores, algo por lo demás común en las clases más desahogadas de la sociedad ucraniana prerrevolucionaria. En 1920 era la amante de Gorki aka la Voz del Pueblo Ruso (en plena carrera para convertirse en la Morsa del Pueblo Ruso), la tercera de ellas casualmente, pero Wells la había conocido en una visita anterior realizada en 1914. Durante la segunda visita estalló el amor entre ellos, supongo que como un obúsde artillería. La pareja recién formada se fue a Moscú. Según Wells se estaba mejor en Moscú que en Leningrado, por lo menos en Moscú no había cadáveres tirados por aquí y por allá, proletarios hambrientos tajando carne de caballos tiesos y agusanados y manadas de huérfanos de la guerra civil asilvestrados y homicidas. En la nueva capital bolchevique el escritor y la fangirl de Gorki vivieron deliciosos días de asueto. Vieron conciertos. Asistieron a conferencias científicas, una de las cuales, realizada por el mad doktor soviético Leonid Krasin, versó sobre congelar cuerpos humanos para hacerlos inmortales. Pasearon por calles muy poco transitadas, donde los únicos signos de animación eran las patrullas de letones uniformados con estrafalarios cascos escitas con las estrellas rojas bordadas de aquella manera. Ah, qué romántico debió ser.

En Moscú Wells también se entrevistó con Vladímir Uliánov, aka Lenin.  Diagnóstico de Lenin: joder, menudo burgués de mierda. Diagnóstico de Wells: oh, es un gran hombre. Mientras tanto, la Morsa lloraba por los rincones de su casa en Leningrado, y solamente se consolaba mirando fijamente una reproducción de la mano izquierda de Moura hecha de bronce. Bueno. Cada cual se consuela con lo que puede. Poco después se fue de Rusia y acabó tomando el sol en la Italia fascista.

Sí, Wells era muy feliz con Moura, una belleza morena catalogada como muy misteriosa e incluso como enigmática por muchos testigos, amigos y cotillas de la época. También tenía un lado un poquito oscuro. Antes de liarse con la Morsa se sabe que Moura fue amante de un gentleman escocés llamado Robert Bruce Lockhart. Lockhart era el representante oficioso de Gran Bretaña en Rusia, oficioso porque su país todavía no había reconocido la existencia de la URSS a efectos diplomáticos. De hecho, durante la guerra civil el Reino Unido, junto con Francia, Estados Unidos y Japón, había enviado tropas para ayudar a los blancos contra los rojos. En fin, en 1918 Lloyd George en persona dio instrucciones a su enviado oficioso al país de las maravillas colectivista: Lockhart debía evitar por todos los medios que Lenin y su panda se aliaran con Alemania, esa madriguera de hunos cabezas cuadradas que, en opinión del primer ministro, no hacían más que joder la marrana en Europa. Es posible (se rumorea, pero no está confirmado ni mucho menos, lo decimos aquí para envenenar el pozo) que en la palabra medios estuviera implícita la posibilidad de borrar de la existencia en esta dimensión, aka matar, a Lenin o en cualquier caso a algún mandamás bolchevique, como Trotski o Kámenev. Lockhart no era el único agente británico en suelo ruso (y por lo demás había una auténtica muchedumbre de operadores en el Moscú de 1918, franceses, norteamericanos, turcos, japoneses, etcétera, etcétera) pero sí el de más rango, ya que sabía jugar al criquet y no se le daba mal preparar cócteles, que es lo que de prestancia a los espías de su majestad. 

Lo curioso es que casi al día siguiente de bajarse del tren en la Rusia roja Lockhart empezó a mandar telegramas cifrados al Foreign Office en los que decía que una intervención del tipo más duro sería contraproducente ya que acercaría a los bolcheviques a los alemanes, en vez de alejarlos. Los del Foreign Office se quedaron un poco desconcertados. En eso, Lockhart había conocido a Moura, y en las semanas y meses que siguieron se dedicó a amarla apasionadamente. Se podría decir que se olvidó un poco de impedir o desestabilizar la posible alianza ruso-germana, cosa que a los poco románticos agentes del Foreign Office les pareció sospechoso. Olía a complot. No lo sabemos seguro, pero lo cierto es que a comienzos de 1919 Féliks Dzerzhinski, aka la Espada de la Revolución y jefe supremo de la Comisión Panrusa para combatir la Contrarrevolución y el Sabotaje (la divertidísima VCheka) montó una acusación de espionaje & sabotaje contra Lockhart; Lockhart fue arrestado junto con otro ciudadano británico llamado Sidney Reilly, un personaje sumamente turbio que murió pocos días después en extrañas circunstancias. Lockhart pasó un mes en el divertidísimo complejo de la VCheka en la plaza Lubianka, concretamente en el edificio de seguros de ladrillos amarillentos que con Dzherzhinski se había convertido en una cárcel de cuyas ventanas los presos tendían a tirarse solos como por arte de magia. Luego lo soltaron y lo metieron en un apartamento especial para dignatarios extranjeros, lo que era un eufemismo para referirse a una habitación custodiada por guardias armados y plagada de micrófonos. Fue puesto bajo la vigilancia de Jekabs Peterss, un alto mando de la VCheka quien casualmente también conocía a la señorita Zebrenskaia. Y también la llamaba Moura. Lockhart estaba más preocupado por Moura que por él mismo, pues los chequistas chaquetas de cuero también la habían detenido y se imaginaba lo peor. Preguntaba por ella a todas horas y escribió en su diario largas parrafadas sentimentaloides donde expresaba los padecimientos de su corazón. Peterss tenía acceso a ese diario y por lo que algunos dicen también él se sentía conmovido. Afortunadamente, soltaron a Moura y Lockhart pudo hablar con ella; a los pocos días el escocés, aunque con gran pena, salió de la URSS gracias a un canje de su gobierno. Le cambiaron por Maksim Lítvinov, un bolchevique cerril que estaba en manos de los británicos. Moura por su parte no tardó en entrar en la órbita de la Morsa del pueblo ruso.

Los hechos narrados arriba pueden interpretarse por lo menos de dos formas. Dichas interpretaciones se basan en el grado de cinismo y paranoia; a más cinismo y paranoia, más probable es la una y menos la otra, y viceversa. Yo no tengo un gramo de cinismo en el cuerpo y confío en la humanidad, por lo que en mi cabeza la historia de míster Lockhart y Moura es en pocas palabras una grandiosa historia de amor que daría para hacer una película, con Ryan Gosling en el papel de Lockhart y Amy Adams en el de Moura, o al revés. La versión cínica, sin embargo, dice: Moura trabajaba para la VCheka y recibió instrucciones de Peterss, el cual recibió instrucciones de Dzherzhinski, el cual recibió instrucciones de Lenin. Las instrucciones eran: camelarse al pobre idiota de Lockhart e influir en sus puntos de vista sobre la gloriosa dictadura del proletariado, de modo que quedara desactivado como agente del Foreign Office de los imperialistas capitalistas británicos. El arresto de Moura fue un montaje para hacer que Lockhart se desmoronara psicológicamente y largara todo tipo de cosas interesantes al amigo Peterss. Y anda que no largó. El entramado de espías e infiltrados ingleses que había en Moscú fue desmantelado en su totalidad; y además lograron llevar a cabo el canje Lockhart-Lítvinov, con lo que la jugada, si es que aquello era una jugada, salió redonda. Tan redonda como las bocas de las pistolas alemanas que usaban los chequistas en esa época.

Como decía, tiendo a confiar en Moura, pero también es verdad que tras toda esa movida una ligera sombra de sospecha se abate sobre sus actividades. El hecho de que se convirtiera en la amante de la Morsa Voz del pueblo ruso también se puede interpretar cínicamente: los bolcheviques odiaban a Gorki con todas sus fuerzas, pero querían tenerlo de su lado. Y lo mismo puede decirse, me temo, del apasionado romance de Moura con Herbert.

Poco después de su entrevista con Lenin, Herbert tuvo conocimiento del affaire Lockhart. Eso motivó la primera pelea seria entre los dos tórtolos. Moura debió contarle la versión apropiada, porque no solamente hicieron las paces, sino que se fueron los dos a Inglaterra, dejando a Gorki mirando la mano de bronce podríamos suponer. Y allí vivieron muy felices: Moura no podía regresar a Rusia, le decía a su Herbert, porque si lo hacía no tardaría en caer en las garras del OGPU (el organismo sucesor de la VCheka) y probablemente le harían desaparecer en algún sitio nevado y dejado de la mano de Dios. Así que permaneció en Londres, donde se convirtió en la gran atracción de las cenas que Herbert solía celebrar en su casa.  Todo el mundo apreciaba a Moura. Moura era lo más. Moura era elegante y distinguida y contaba cosas mesmerizantes. Todo el mundo se sentía un poco hechizado por la magnética Moura, que hablaba de forma extraña y movía manos finas con dedos largos haciendo aspavientos encantadores, y que tenía la autorización de Herbert para liarse con jóvenes muchachos londinenses. Ya que hemos de aclarar que Wells, además de socialista, social darwinista, amante de las bicicletas y maestro fundador del género literario de la ciencia ficción, era partidario del poliamor (en esa época se le llamaba amor libre y creo que resultaba más epatante incluso que ahora). O por lo menos era partidario en el plano teórico: en la práctica la independencia sexual de Moura le tocaba un poco la moral y era presa de celos frecuentes. 

Hay todavía más melodrama. La agitada vida sentimental de Moura incluía el haber estado casada con un oficial del difunto ejército ucraniano, un hombre con el que había tenido dos hijos. Esos hijos vivían en Estonia, y de vez en cuando su madre iba a visitarlos de incógnito y pasaba algunos días con ellos. Herbert nunca la acompañaba en estos viajes, quizá porque esos hijos no le importaban o porque no quería entrometerse o quizá porque así Moura no follaba con ningún puto idiota del teatro de Londres. No obstante, lo más seguro es que sufriera al ver a su amante tan angustiada, ya que esos viajes a un país satélite de la URSS eran muy peligrosos. En suma, desgarrador. 

En 1934 el hombre que escribió La guerra de los mundos volvió a visitar Rusia. Fue la última vez, y no estaba acompañado por Moura por motivos evidentes. En esta ocasión se entrevistó con Iósiv Vissianoróvich, aka Stalin, cariñosamente conocido como el Padrecito de los Pueblos. La entrevista fue cordial ya que Stalin se mostró como lo que era, un señor aficionado a la pipa que sonreía mucho y dibujaba lobos aullando en su libreta. Diagnóstico de Stalin: este viejo chocho apenas llega a tonto útil. Diagnóstico de Herbert: "Nunca he conocido a un hombre más sincero, abierto y honesto. Estas cualidades le han permitido convertirse en el primer hombre de Rusia, ya que nadie le tiene miedo y todos le aprecian". Maravilloso. Como las grandes figuras de la literatura están por encima de cosas mundanas como los cuernos, el ya avejentado y casi completamente morsesco Gorki acogió a Wells en su nueva dacha de situada en los tranquilos suburbios de Moscú (había vuelto a Rusia porque por lo visto no le molaba mucho el rollo de Mussolini). Como si no hubiera pasado nada. Era una vivienda magnífica y allí la Voz del pueblo ruso pasaba sus últimos días cómodamente; todas sus necesidades eran atendidas por una legión de mayordomos que casualmente eran también agentes del NKVD (el organismo sucesor del OGPU). Las malas lenguas afirman que Gorki se había convertido en la marioneta de Stalin, una de las muchas que tenía, por miedo a perder la vida de forma violenta. Esto no es posible, ya que Stalin era como hemos visto un señor muy cordial al que nadie le tenía miedo. Seguramente Gorki escribió su oda a la trabajadores forzosos del canal Mar Blanco-Báltico por propia voluntad. Todas las noches durante su estancia en Moscú Herbert cenaba con Gorki y con un tal Umanski, que actuaba como valet y traductor para el inglés. El caso es que durante una de esas cenas, Gorki dejó caer que había recibido una visita de Moura (no se sabe si todavía conservaba la mano facsímil de bronce) en 1931. Umanski tradujo y Wells se debió quedar un poco desconcertado. 1931 fue uno de los años en los que Moura había viajado a Estonia para visitar a sus hijos. En ese momento no fue capaz de decir nada más que algunas incoherencias, que Umanski tradujo, y entonces Gorki añadió que Moura le había visitado en por lo menos otras tres ocasiones, y Umanski tradujo, y Wells se quedó bastante callado. Umanski, que además de saber inglés era teniente coronel del NKVD, dejó de traducir.

¿Por qué soltó Gorki aquella bomba atómica emocional? Una vez más, podemos verlo desde el punto de vista romántico o desde el punto de vista no romántico. Quizá Gorki sí que andaba escocido por la pasada traición amorosa y decidió desenmascarar a Moura delante de su nuevo amante y de Umanski, el hombre del NKVD. Pero también es posible que lo hiciera siguiendo órdenes de Umanski/Stalin. El caso es que cuando Wells volvió a Londres tuvo una seria bronca con la magnética Moura, la cual acabó admitiendo que estaba en la nómina de la VCheka-OGPU-NKVD, y que de vez en cuando viajaba a Moscú para dar informes. Pero aseguró al autor de El hombre invisible que en ningún caso se había vuelto a acostar con Gorki, es más, le dijo que Gorki le daba tanto a la botella por miedo a que lo mataran cualquier día que ya no se le levantaba. No sabemos si a Wells le aliviaron estas confidencias o más bien terminaron por hundirle en la miseria. Pese a todo Herbert siguió con Moura, aunque a partir de ese momento empezó a referirse a ella como la sombra y a juzgar por los sueños que reproduce en su novela autobiográfica de 1936 Anatomía de una frustración, incubaba fantasías acerca de ella provistas de claro matiz violento: veía a Moura como un gólem de barro que destrozaba a puñetazos en la casa de Gorki, rodeado de solícitos agentes del NKVD. 

Mal rollo. Herbert George Wells la había cagado pero bien.

Robert Bruce Lockhart murió de cirrosis hepática en 1970: esos cócteles le pasaron factura. Maksim Gorki murió en 1936, quizá asesinado por Stalin, el cual fue uno de los que llevó su ataúd en andas. Jekabs Peterss fue arrestado y fusilado en 1938, junto con varios antiguos camaradas del VCheka letones, durante la Operación Letonia.  Herbert George Wells murió en 1946 por causas sin especificar.

Moura murió en 1974, sospechosa de ser una agente tanto de la KGB como del MI5 británico.



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