En el período comprendido entre 1932-1933 y 1945 Japón fue culpable de crímenes contra la humanidad en el marco de sus investigaciones sobre el desarrollo de armas de destrucción masiva de tipo bacteriológico. La gran mayoría de dichos crímenes se llevaron a cabo en territorios de China y Manchuria ocupados por el Ejército Imperial Japonés, al que a partir de ahora, para abreviar, llamaremos EIJ. Sin embargo, también tuvieron lugar investigaciones y/o crímenes relacionados con la guerra biológica en varios emplazamientos del teatro de operaciones del EIJ en Asia y en el Pacífico.
Las actividades criminales de los militares japoneses con respecto al desarrollo de armas de destrucción basadas en la investigación bacteriológica se pueden encuadrar en tres categorías principales. Primero, tenemos la inoculación o contagio por otros medios de enfermedades altamente infecciosas en personas convertidas en sujetos de experimentación contra su voluntad. Segundo, tenemos la práctica de realizar operaciones quirúrgicas a personas en contra de su voluntad. Tercero, tenemos el desarrollo y producción en masa de dispositivos diseñados para la guerra bacteriológica partir de los datos científicos obtenidos mediante las prácticas atroces mencionadas antes. Algunos de estos dispositivos fueron empleados con fines militares tanto contra ejércitos enemigos como contra la población civil.
Las víctimas resultaron ser en su gran mayoría de nacionalidad china. Para los mandos del EIJ, embebidos de un supremacismo racial característico de la cultura japonesa de la era Showa, ser chino era más o menos como ser un animal. Era indiferente que se tratara de delincuentes condenados a una pena de prisión por las autoridades de ocupación japonesas, o civiles inocentes; soldados o campesinos; hombres y mujeres adultos o niños y niñas. Todos ellos eran para el EIJ sujetos aptos para la experimentación con agentes infecciosos, meras herramientas destinadas a arrojar información sobre la transmisión de diversas enfermedades con potencial epidémico. En ciertos lugares también se recurrió a prisioneros de guerra y civiles coreanos o mongoles, así como a un mucho más reducido número de prisioneros de guerra norteamericanos, rusos, australianos y neozelandeses.
El tema es por lo tanto muy amplio y muy jodido, pero para lo que nos vale aquí nos centraremos en los hechos comprobados acerca de las actividades del llamado Escuadrón o Unidad 731. Es el que más le puede sonar a todo el mundo. Sin embargo, no está de más señalar que este destacamento médico-militar no fue el único culpable de crímenes contra la humanidad. Los lugares pertenecientes a la red operativa desarrollada por el teniente coronel Ishii Shiro (ver más abajo) incluían al menos los siguientes departamentos en 1939: Harbin (Unidad 731), Beijing (Unidad 1855), Nanjing (Unidad 1644) y Guangzhou (Unidad 8604), a los que se debería añadir Singapur (Unidad 9420) a partir de 1942. Todos estos centros rendían cuentas a varias oficinas de seguimiento ubicadas en Tokio. Y a todo ello hay que añadir un cierto número de hospitales controlados por el EIJ en China y Manchuria así centros médicos y laboratorios emplazados en la madre patria, más lugares de almacenamiento y distribución de dispositivos militares de guerra bacteriológica situados en varios puntos de Manchuria. El empeño nipón en militarizar las bacterias fue vasto y compejo. Esos tipos llegaron a contar con pequeños emplazamientos de investigación en lugares tan alejados de Harbin como Papúa Nueva Guinea y las Filipinas.
Se sabe más bien poco sobre el teniente coronel Ishii Shiro, al que se atribuye la responsabilidad máxima sobre el programa de investigación y desarrollo de armas bacteriológicas del EIJ durante la guerra sino-japonesa y la segunda guerra mundial. Suponemos que nació de hombre y de mujer y que cuando era un niño fue una monada, porque los seres humanos malignos en nada se diferencian de los demás: no tienen cuernos ni cola, no tienen lengua de serpiente ni alas de mosca. En 1925 la Convención de Ginebra prohibió el uso de armas químicas y biológicas; ese año se sabe que Ishii trabajaba como médico militar en el Colegio de Medicina de la Universidad Imperial de Kioto. Al parecer, Ishii había hecho el juramento hipocrático pero ante todo era un patriota, e interpretó dicha prohibición como una posibilidad estratégica. Junto con varios kameraden oficiales formó un lobby que presionó a los mandamases del EIJ en cierta dirección. Dicha dirección era que sería bueno para el país tomar la iniciativa mundial en el desarrollo del armamento bacteriológico. El argumento principal era utilitario y razonable: las armas bacteriológicas tienen un potencial elevado de destrucción de la vida que resulta relativamente barato de conseguir. En las condiciones adecuadas, sale más a cuenta cultivar bacilos de la peste que fabricar balas, tanques y cañones. Eso es deseable a la hora de hacer la guerra, al menos en el sentido aristotélico. La relación calidad-precio otorgaría un as en la manga a Japón en caso de guerra, y dado que era la guerra contra China lo que más deseaban los mencionados mandamases, las propuestas de Ishii no cayeron precisamente en saco roto. Por lo tanto, el lobby de las bacterias empezó a generar políticas. En 1930 el EIJ inauguró una institución que tenía por nombre Departamento de Prevención Epidémica del Colegio Militar del Ejército. Allí fue a parar Ishii tras un tour de dos años por Europa y Estados Unidos, tiempo que aprovechó para ponerse al día acerca de las técnicas biomédicas de los gaijin. Una vez en la institución fue promocionado rápidamente a teniente coronel, ya que era el hombre que más sabía de enfermedades por esos pagos, y pronto le fue asignado un puesto de responsabilidad operativa. Aquí nos encontramos con un rasgo típico de la mentalidad militar japonesa pre-guerra mundial: el juego a dos bandas. Los hombres del Departamento de Prevención Epidémica trabajaban en teoría en la prevención, esto es, en desarrollar herramientas para impedir o mitigar los efectos de las enfermedades infecciosas en sus ejércitos. Ishii también trabajó en ello, pero sus principales esfuerzos se dedicaron, desde el principio y en secreto, a perfeccionar la tarea complementaria: cómo hacer estallar epidemias devastadoras entre las tropas enemigas. Para conseguir esto, asignaron a su oficina un presupuesto mucho mayor que el otorgado a instituciones similares del ámbito civil y le proveyeron con tres laboratorios de tipo occidental completamente equipados. Dinero e infraestructura no faltó, desde el mismo comienzo.
En 1931 el Ejército del Kwantung, una sección semiautónoma del EIJ, estaba atacando, conquistando y ocupando la mayor parte de los territorios chinos de lo que hoy es Manchuria. Fue en este contexto en el que Ishii vio su oportunidad. En primer lugar, maniobró para aumentar su reputación entre la cúpula del EIJ al desarrollar un equipo portátil de purificación del agua que fue masivamente empleado por las tropas del Ejército de Kwantung, con excelentes resultados. En segundo lugar, y respaldado por ese nuevo estatus, elevó una petición por los canales adecuados que llegó en su debido momento a las instancias del poder más cercanas al emperador Showa Hirohito. Dicha petición podría resumirse así: ¡Japón será invencible si cuenta con un arsenal adecuado de armas bacteriológicas! Lo que fue música para los oídos de aquella pandilla de samuráis fascistas. Debido a su doble éxito médico y político, y llevado por una ambición patológica si hacemos caso de las memorias de antiguos compañeros, Ishii recibió autorización para: a) ampliar su oficina en el Departamento de Prevención Epidémica, y b) llevar a sus hombres y su metodología fuera de la madre patria. En esencia, a Ishii le dieron permiso para instalar a la que se denominó Unidad Togo en Beiyinhe, una pequeña ciudad provista de estación de tren situada a unos setenta kilómetros al sureste de Harbin, en la Manchuria ocupada.
Ha quedado comprobado que Ishii implementó un programa de investigación en ese lugar, programa que se nutría de la experimentación con seres humanos en contra de su voluntad. Las actividades comenzaron en el otoño de 1933. Los sujetos experimentales eran en su mayoría chinos y mongoles, aunque también se empleó de vez en cuando a algún prisionero de guerra coreano o algún súbdito ruso acusado de actividades de espionaje por cuenta de la Unión Soviética. Para conseguir sus sujetos Ishii llegó a un acuerdo con la Policía Militar del Ejército de Kwantung, que era en esencia una manada de fanáticos racistas. El médico convenció a sus mandos de que era mejor, a largo plazo, usar a sus prisioneros como conejillos de indias en vez de aplicarles el procedimiento estándar aprobado por las autoridades, que era el de cortarles la cabeza con una espada. Un argumento convincente excepto para los pobres desgraciados que pasaron a manos de la Unidad Togo. Probablemente ellos habrían deseado la decapitación.
Al cabo de un tiempo Beiyinhe se quedó pequeño para acoger las actividades que desarrollaban Ishii y sus colegas médicos. La Unidad Togo debía suministrar equipos de potabilización al ferozmente expansionista Ejército de Kwantung y muy pronto al EIJ, y por otro lado el programa de armas biológicas consumía cada semestre más y más recursos humanos y materiales. Por todo ello, en 1935 se ordenó la construcción de un hospital-prisión mucho más grande en Pingfang (a veces escrito Ping Fan o Pingfan), y la Unidad Togo, aún ubicada en Beyinhe, recibió reconocimiento oficial por parte del EIJ y pasó a denominarse Departamento de Prevención Epidémica del Ejército de Kwantung. Más tarde todavía ese nombre cambió a Departamento de Prevención y Suministro de Agua del Ejército de Kwantung, denominación que en japonés resulta muy engorrosa de pronunciar. Por eso, en las transmisiones del ejército el Departamento solía mencionarse para abreviar con el nombre en código de Unidad 731.
Es importante hacer constar que cuando una unidad del EIJ recibía una denominación oficial, ésta era dada a conocer al emperador mediante una ceremonia formal. De lo que se deduce que el así llamado dios viviente Hirohito, un biólogo marino competente por lo que dicen, conocía las actividades de Ishii y su pandilla, al menos de forma tácita.
La Unidad 731 se trasladó a las nuevas y mejoradas instaciones de Pingfang (una aldea situada a unos veinte kilómetros de Harbin) probablemente en el verano u otoño de 1938. Durante la construcción de ese complejo la Policía Militar había evacuado cuatro aldeas vecinas; se rumorea que los habitantes originales de Pingfang fueron ejecutados, pero eso no está comprobado. El complejo, que era una mezcla de campo de concentración, hospital y fábrica, ocupaba un terreno de seis kilómetros cuadrados y estaba rodeado por dos series de trincheras, una de ellas antitanque, y tres líneas de vallas de alambre de espino, la primera y la última electrificadas. Contaba con un aeródromo para los aviones y un templo sintoísta para los espíritus. El complejo principal incluía dos laboratorios de biología, dos salas quirúrgicas y cuatro pequeños hornos crematorios. En su construcción se emplearon ingeniosas técnicas de forma que su aspecto recordaba al de una prisión dentro de otra prisión: en el caso de que un prisionero lograra escapar del recinto interior, cosa por lo demás harto improbable, se encontraría en el recinto exterior, más grande pero todavía más laberíntico. En la primavera de 1941 se añadieron dos cámaras hiperbáricas. También se anexó un criadero de ratas negras y una sala equipada para mantener con vida pulgas infectadas con el bacilo de la peste bubónica de forma segura.
El complejo de Pingfang y sus zonas aledañas fueron declaradas Área Militar Especial: eran patrulladas regularmente por destacamentos de la Policía Militar provistos de perros y los guardias estaban autorizados a disparar a matar a cualquier intruso.
La mayor parte de la información sobre el funcionamiento diario de la factoría de Pingfang, cuyo producto era la tortura y la muerte, procede del interrogatorio realizado al cirujano mayor general del EIJ Kawashima Kiyoshi y a sus colaboradores más cercanos durante el Juicio de Khabarovsk en 1949. Dicho juicio corrió a cargo de la Unión Soviética y es el único en el que se estudiaron en profundidad las actividades de la Unidad 731. Kawashima realizó una serie de declaraciones. Kawashima declaró que en Pingfang se llevaban a cabo una variedad de experimentos con seres humanos en contra de la voluntad de los mismos. Kawashima declaró que dichos sujetos eran suministrados por la Policía Militar según un acuerdo secreto llamado eufemísticamente Procedimiento de Tranferencia Especial. Kawashima declaró que el objetivo del complejo residía en la experimentación, y que las armas bacteriológicas se fabricaban en otros lugares, si se exceptuaba un pequeño hangar donde se construían proyectiles de porcelana en los que se introducían pulgas infectadas con una variedad altamente contagiosa de la peste bubónica. Kawashima declaró que los seres humanos destinados a la experimentación eran llamados monos en los informes científicos, para despistar a posibles espías, y maderos o leños por parte de los guardias y los médicos en la conversación cotidiana, posiblemente porque de esa forma se les deshumanizaba. Kawashima declaró que entre los transferidos había ocasionalmente mujeres y niños de corta edad. Kawashima declaró que el complejo podía operar con cuatrocientos sujetos, pero que el número de leños que había en un momento dado solía ser de doscientos o trescientos. Kawashima declaró que, cuando un miembro del personal médico debía incurrir en la vergüenza de hablar con uno de los sujetos, se refería a éste con un código numérico. Kawashima declaró que en total fueron procesados entre tres mil y cuatro mil maderos. Kawashima declaró que ni uno solo de estos tres mil o cuatro mil seres humanos abandonó con vida Pingfang al final de la guerra.
Kawashima explicó en detalle la naturaleza de los experimentos. No creo que sea necesario hablar sobre ello. Es el horror puro.
En agosto de 1945 la Unión Soviética declaró la guerra a Japón. En un avance relámpago, la vanguardia de sus ejércitos se aproximó a Harbin. El tinglado de Ishii Shiro colapsó en cuestión de días. Las autoridades en Tokio decidieron que las pruebas materiales sobre el programa de guerra bacteriológica japonés debían ser destruidas, una medida prudente. En Pingfang dicha destrucción de la evidencia se llevó a cabo de forma metódica y brutal: las instalaciones fueron demolidas por una unidad de artillería del EIJ. Los médicos, guardias y trabajadores japoneses del complejo fueron evacuados de urgencia y para su transporte el EIJ desvió trenes y fletó barcos y submarinos de bolsillo, un esfuerzo que sorprende teniendo el cuenta la casi completa desintegración de la cadena de mando en esos momentos finales del conflicto, o quizá no. Los prisioneros que aún permanecían con vida, cuyo número es desconocido pero que de todas formas sería por lo menos superior al centenar de personas, fueron ejecutados a tiros o golpes de espada, fueron quemados vivos, fueron ahogados en el cercano río Songhuajiang. El caso es que poco tiempo después del inicio de la guerra con la Unión Soviética la gran mayoría de los responsables de la Unidad 731, incluyendo a Ishii y sus colaboradores más cercanos, estaban a salvo en las islas principales del archipiélago japonés.
El equipo huido se llevó consigo una gran cantidad de documentos, la mayoría de naturaleza científica y estadística. Finalizada la segunda guerra mundial, los vencedores (los aliados occidentales encabezados por Estados Unidos y la Unión Soviética sobre todo) tenían entre otros objetivos la investigación y el eventual castigo de las atrocidades cometidas por los vencidos (la Alemania nazi y el Japón imperial sobre todo). Ishii logró salir impune de su propia ración de atrocidades gracias a esos documentos. El diablo estaba de su parte y tuvo la suerte de que la investigación que había liderado durante la guerra llamara la atención de la División de Armas Químicas del ejército de los Estados Unidos, y también la de su equivalente en el ejército rojo. Además, otro personaje de importancia también se tapó las narices para no oler el hedor moral que emanaba el japonés. Hablamos del general Douglas McArthur, comandante supremo de las fuerzas aliadas en el Japón ocupado por el ejército estadounidense tras la rendición del país. El llamado shogún de ojos azules tenía el control absoluto de Japón y presionó a los investigadores para que declararan los "crímenes médicos" fuera del ámbito de la persecución de los crímenes de guerra nipones. McArthur, aconsejado por su jefe de contrainteligencia, el general Charles Willoughby, envió el teniente coronel veterinario Murray Sanders a negociar con Ishii. Un hombre que curaba caballos se encontró con otro hombre que había ordenado abrir en canal a niños cuando todavía estaban vivos, para así observar el avance de una infección inoculada a propósito: la guerra, en este caso la guerra fría, establece curiosas alianzas. El objetivo de Sanders y sus superiores era obtener valiosos datos acerca de la guerra biológica y tomar la delantera en ese terreno al nuevo enemigo, es decir la Unión Soviética. El objetivo de Ishii, y el de sus colaboradores, era el de evitar el juicio y la horca.
Los dos militares se entrevistaron y parece establecido que Ishii entregó a Sanders parte de su material, pero no todo: retuvo lo más sustancioso para seguir presionando, ya que temía que China o la Unión Soviética solicitaran su extradición. Además, se los guardó como una baza para evitar sentarse en el banquillo de los acusados durante la serie de juicios que el Tribunal Militar Internacional para el Lejano Oriente celebró entre los años 1946 y 1948; fueron los llamados Juicios de Tokio y en ellos cierta cantidad de criminales japoneses, incluyendo al superior formal de Ishii, el ministro de guerra Tojo Hideki, fueron condenados a muerte. La sentencia se ejecutó. Ishii se cagó en los pantalones. McArthur intervino personalmente para evitar un desenlace similar, y estableció un espíritu de colaboración entre los antiguos miembros de la Unidad 731 y el ejército de los Estados Unidos. Dicha colaboración resultó problemática, por decirlo suavemente, y provocó tensiones y rencillas personales entre los miembros de la Comandancia Suprema de las Fuerzas Aliadas en Japón y los representantes del Departamento de Estado norteamericano. No en vano también había víctimas norteamericanas en el haber del programa nipón sobre armas bacteriológicas. Al final McArthur impuso su punto de vista e Ishii se fue de rositas: Estados Unidos decidió que obtener a bajo coste una ventaja estratégica en la embrionaria guerra fría tenía más peso que castigar los desmanes de unos japoneses tarados. En resumen: pelillos a la mar, vamos a sacar tajada de esto en nombre de la libertad. Uno de los esbirros de McArthur, el capitán Edwin V. Hill, examinó el material a finales de 1947 y lo puso negro sobre blanco en un informe escrito a la Jefatura de la División de Armas Químicas:
Evidence gathered in this investigation has greatly supplement and amplified previous aspects in this field. It represents data wich have been obtained by Japanese scientists at the expenditure of many millions of dollars and years of work. Information has accrued with respect to human susceptibility to these diseases as indicated by specific infection doses of bacteria. Such information could not be obtained in our own laboratories because of scruples attached to human experimentation. These data were secured with a total outlay of 250,000 yenes to date, a mere pittance by comparison with the actual cost of the studies (Hill, 1947)
Bien, vale. Ishii Shiro murió en su cama, en su casa. Cáncer de laringe. 1959: tenía 67 años. Justo después de jubilarse. Nunca fue juzgado por que hizo y/o supervisó, y lo mismo se puede decir del grueso de sus secuaces con bata blanca. En el anteriormente mencionado Juicio de Khabarovsk, además del cirujano mayor general Kawashima, fueron juzgados por crímenes en tiempo de guerra el capitán general del Ejército de Kwantung Yamada Otozo, responsable del Procedimiento de Transferencia Especial, así como diez ayudantes directos de Kawashima y tres efectivos de la llamada Unidad 100, que también hacía de las suyas en las cercanías de Pingfang. Todos ellos fueron condenados a penas variables en campos de trabajo, penas que fueron suspendidas cuando la Unión Soviética reanudó las relaciones diplomáticas con Japón en 1956.
Por su parte, la República Popular de China juzgó a partir de 1956 a varios criminales de guerra japoneses, pero entre ellos no había ninguno relacionado con las actividades del Departamento de Prevención Epidémica. Estos delincuentes de perfil más bien bajo fueron liberados por los comunistas chinos, probablemente porque se consideró que en ese momento era más prioritario para el partido comunista chino ser reconocido por la comunidad internacional que perder el tiempo en castigar antiguos agravios.
Y así, se puede suponer, es como funciona todo en este maravilloso mundo bajo los ojos de Dios.

No hay comentarios:
Publicar un comentario