sábado, 14 de septiembre de 2019

MENOS LIBERTINAJE Y MÁS TEOZOOLOGÍA

En 1905 se editó en Viena (Europa) el libro que pueden ver abajo:




Su título en español es menos impresionante que su título original teutón, pero no menos sorprendente: Teozoología, o: la herencia de los brutos sodomitas y el electrón de los dioses. Es el típico título de libro que hace exclamar pero qué cojones es esto a la gente que sabe leer: ¿teozoología? ¿Perdone? ¿Brutos sodomitas, dice? ¿¿¿El electrón de los dioses??? Pues eso: pero qué cojones es esto. Ya de entrada, sin tener pistas de lo que se esconde tras un título tan loco, es complicado imaginar el contenido de semejante libro. Uno pensaría encontrarse ante una novela de ciencia-ficción, o quizá algo de rollo homo (por lo de los brutos sodomitas) un poco pasado de rosca. O un experimento literario hecho por un proto-dadaísta austriaco que le ha dado demasiados tientos a la absenta. O una especie de broma. Y si nos suena un poco el panorama cultural que había en la Viena del emperador Francisco José a comienzos del siglo XX, pues joder, bien podría ser cualquiera de esas cosas o algo incluso todavía más demencial.

Y es verdad: es algo extremedamente loco. Es tan loco porque todo parece apuntar a que la persona que lo escribió, que por sí misma es un compendio con patas de la absurdez y la sinrazón, lo escribió jodidamente en serio.

¿Quién era este subnormal? ¿Importa quién fuera, a estas alturas? Claro que no, pero ya que estamos lo primero que se debería dejar claro es que von Liebenfels no era aristócrata, aunque prentendiera serlo. De hecho el tipo presumía de haber nacido en la isla de Sicilia siendo el hijo primogénito de un tal barón Johann Lancz von Liebenfels, lo que en teoría le daría derecho a ostentar la excelente y muy codiciada partícula von en su apellido. Y una polla: el tipo no era siciliano, sino que nació en 1874 en un pueblo de mierda cerca de Viena, y no salió de los testículos de un barón, sino que era el hijo mediano de un caballero apellidado Lanz, un maestro de escuela mayormente incapaz de permanecer más de un año en el mismo puesto. Le pusieron el nombre de Adolf Josef. Liebenfels mentía más que hablaba, y tenía una imaginación muy fértil, y aunque no sé mucho sobre su infancia, en realidad no sé nada, parece ser que ya de muy cachorro le gustaba el alpinismo, una afición típicamente hiperbórea, y los caballeros templarios, que para él eran una especie de superhéroes de tebeo con trajes molones que vivían en castillos encantados. Le molaba escalar montañas en plan cabra loca y por lo que se rumorea en esas alturas sentía la llamada de Dios y se veía fuertemente impelido por una mano misteriosa (por la mano divina) a dedicarse al recogimiento espiritual y la vida monacal. Sí, sintió la llamada de Dios o quizá sintió una falta decisiva de oxígeno en la sesera, cosa que no tardaremos en comprobar.

Pasó seis años en el monasterio de Heiligenkreuz con el nombre de hermano Georg.  La institución religiosa estaba adscrita a la orden del Císter y todo apunta a que era un lugar agradable y tranquilo, y sus ocupantes, un grupo de monjes llenos de paz dedicados a la meditación y al hermanamiento. Sin embargo, en algún momento de finales de 1891 algo pasó(1) y Lanz junior regresó al mundo secular para predicar una serie de ideas que versaban en general sobre la Raza Aria (imaginen la expresión Raza Aria escrita en mayúsculas góticas y rodeada de esvásticas giratorias que escupen sangre). Por Raza Aria se pretende decir básicamente la de aquellos y aquellas que tienen el pelo rubio y ojos azules, y a veces pecas. Ya saben. El tipo de raza que es claramente superior de alguna manera a todas las otras razas, sobre todo si piensas que perteneces a ella y has pasado demasiado tiempo haciendo el cabra en lo alto de montañas austriacas.

¿Cómo? ¿Ya se hablaba y se preocupaba la gente de estas movidas raciales antes de que aparecieran esos tipos de uniforme y ese individuo conocido por su oratoria y su bigote recogemocos(2)? Pues claro que sí, amigos. Nunca es demasiado pronto para estas cosas.

Lanz junior, o von Liebenfels de Sicilia, vuelca la mayoría de estas ideas acerca de la raza y lo racial y la racialidad en su Teozoología, su primera obra publicada y si nos permiten esta expresión, la más pura. Pero no crean que es un delirio salido de una mente enferma. Es decir, en efecto, es un delirio y es producto de una mente muy enferma, pero no es una mierda que surja ex nihilo para asombro de todos, sino que se nutre de todo un corpus de pensamiento racista-esotérico-masturbatorio de largo alcance, mucha solera y probada eficacia. Lanz echó mano de una gran variedad de fuentes, fuentes muchas de ellas que hallamos una y otra vez en locos panfletos racistas, preferiblemente antisemitas, que proliferaron en toda Europa a finales del siglo XIX y principios del XX. En primer lugar, Lanz cita, muy a su manera, una serie de versículos tanto del Nuevo como del Viejo Testamento, a los que saca con una facilidad envidiable mucho jugo para su causa. Pero gran parte del digamos esqueleto teórico de su obra se basa (en ocasiones alcanzando niveles de plagio desvergonzado) en las abracadabrantes revelaciones que la profetisa teosófica Helena Petrovna Blavatsky(3) mostró a un mundo sin fe, y también en los divertidos pero no por eso menos malolientes delirios pangermánicos de un caballero llamado Guido List(4). Por supuesto, Lanz aderezó este potaje con su enfebrecida imaginación. No era muy normal ese señor. Freud se habría puesto las botas con él.

¿De qué va Teozología, o etc? Se podría decir que consiste en un intento de explicar el hecho de que la etnia, la cultura y la historia germánica son de lo bueno lo mejor, y de lo mejor lo superior; y también un intento de explicar el porqué esa etnia, cultura e historia han perdido en gran medida su superioridad originaria. Cuenta una historia épica. Todo comienza con Adán y Eva. En el principio Adán y Eva, rubios y de ojos azules, por lo tanto los arios primigenios, habitaban en un Paraíso ario gozando del amor ario de un Dios ario, pero atención: un mal día Eva copuló con un demonio no-ario (he aquí, según Laz junior, el significado oculto de la manzana del árbol del bien y del mal). Las mujeres, ya se sabe. Etcétera. En fin, de esa horrenda coyunda nacieron las razas que no eran arias: los negros, los amarillos, los esquimales o inuits, los guionistas de realities y demás basura inferior.  Pero esto no sería del todo malo, ya que las diferentes razas tendían a procrear dentro de fronteras. No había mezcla, y los arios siguieron dominando, pues ése es su destino otorgado por la divinidad. No obstante, este saludable apartheid no duró, y aquí encontramos al rey Assur-nasir-pal II del imperio asi(a)rio, o quizá Asurbanipal II, no lo tengo muy claro. Aquí Adolf Lanz tira un poco de la arqueología y ofrece una muy estimable aunque completamente absurda interpretación de ciertos bajorrelieves mesopotámicos. Este señor es el villano principal en la fidedigna crónica que desgrana Lanz, ya que permitió que sus súbditos sodomizaran a una raza extranjera y extraña traída a sus tierras por unos mercaderes del mar Rojo, que el monarca mantenía cautivos en su zoo privado. Según von Liebenfels, estos individuos degenerados y encerrados en un zoo asurio eran nada más y nada menos que pigmeos africanos. OK, perfecto. Tiene sentido. De ahí teo-zoología. Y ahí es donde empezó la triste degeneración de la raza, y la cosa ha ido a peor, ya que de esa antinatural unión entre asirios y pigmeos africanos surgió una raza orca michlinge, aka LOS JUDÍOS, que contaminó mediante sucesivos cruzamientos la prístina sangre aria de calidad superior. De hecho, todo el Antiguo Testamento es en realidad, a ojos de Lanz, un lamento acerca de la degeneración imparable de la raza maestra debido a las sodomizaciones, cosa que no hubiéramos sido capaces de imaginar en la vida a no ser por este pormenorizado análisis de Lanz Liebenfels. Un análisis de una robustez documental impresionante. Pero lo que herr Lanz hace después es todavía más espectacular: combina su peculiar interpretación de la Germania de Tácito con pasajes escogidos de los Evangelios para volarnos definitivamente la puta cabeza. Primero, los arios originales podían comunicarse telepáticamente a través de la electricidad; segundo, Jesucristo fue el más ario de estos arios, capaz de prodigiosas hazañas electro-telepáticas; tercero, esto motivó el resentimiento de los orcos/judíos, y por eso lo mataron clavándolo en una cruz; cuarto, estos orcos no solo lo crucificaron sino que además intentaron dar por el culo a Jesús, ya que eran brutos sodomitas simiescos; quinto, como resultado de esta afrenta, los arios perdieron para siempre su capacidad telepática. En fin, ¿cómo se han quedado?

Hay muchas más cosas absurdas en este libro, como por ejemplo unas extrañas fantasías sobre los templarios, pero supongo que las mencionadas son las más notorias. Ahora bien, el texto no tiene en toda su extensión ese tono tan sombrío y victimista. Acaba con una llamada a la esperanza. Afirma que a no mucho tardar tendrá lugar una guerra apocalíptica entre los arios remanentes, pues todavía existen, y la mayoría son los amigos y vecinos de Lanz Liebenfels, y la morralla judía sodomita; Jesucristo, el Führer de la raza aria electrónica, resucitará y gobernará para siempre dando lugar a una era eterna de felicidad promisoria y suponemos que llena de telepatía. Es obvio que los judíos serán lanzados al cubo de la basura de historia. Todo un final feliz(5). Pero hasta que eso ocurra, el autor no se priva de dar una serie de consejos a sus kameraden arios para que sepan lo que está en juego mientras tanto. Esos consejos, todo hay que decirlo, parecen proceder de un oscuro substrato paranoico de carácter sexual; por ejemplo, Lanz aconseja que los arios aten en corto a sus novietas arias, ya que según el ex-monje del monasterio de Heiligenkreuz las mujeres arias son muy proclives a encamarse con los judíos violadores perpetuando de ese modo la contaminación de la sangre. Porque las mujeres ya se sabe, etcétera, etcétera. También dedica el espacio necesario a explicar por qué es una buena idea esterilizar a los judíos, los deficientes mentales y los locos (Adolf se autoexcluye evidentemente de esa última categoría): así no habrá más de ellos y de paso no podrán tener hijos con las buenas pero casquivanas novietas arias.

En fin: por extraño que nos pueda parecer ahora (cuando todos los humanos, sin importar su procedencia, aman a los demás humanos, o eso queremos creer) lo que podría definirse como una ida de olla racista, misógina, pagana y malignamente patológica, que hace un hincapié incómodo en el sexo anal y que parece escrita por un maniaco en plena crisis psicótica, se convirtió en el texto sagrado de un reducido grupo de personas afines. No hablamos aquí del antisemitismo conspiranoico de toda la vida. No se trata del odio normal a los judíos propio de personas tan sensatas como Martín Lutero o los tipos rusos que escribieron Los protocolos de los sabios de Sión, ese best-seller. Hablamos de un antisemitismo de élite. Esta clase de odio tendía a atraer a criaturas con una sensibilidad más desarrollada que la del tragajudíos estándar, una sensibilidad que rozaba si no entraba de lleno en la basura new age que lo petaba entre las clases acomodadas y desnortadas. La vida de Lanz Liebenfels tras la publicación de su opus magnum ilustra este concepto. Tras fundar una revistucha de tinte esotérico-Völkisch llamada Ostara(6), que editaba y publicaba gracias a un hercúleo esfuerzo casi solitario, entró en contacto con un reducido y patético grupo de admiradores. Junto con ellos creó una especie de asociación cultural o club de friquis llamado el Ordo Novi Templi(7), reservándose para sí mismo el cargo de gran chamán artamán o lo que correspondiera. En la Viena de principios del siglo XX la mayoría de sus habitantes eran buena gente, y católicos además, pero no se puede negar que existía un fermento de fanatismo que propiciaba que estas chorradas arraigaran, y echaran raíces, y pudieran crecer. Y vaya si crecieron.

No hay mucho más que añadir. Lanz junior continuó publicando su magazine con ilustraciones de judíos narigudos violando rubias, y varios libros más, llenos de devaneos ocultistas y racismo arrollador. Entre ellos podríamos destacar Der Weltkrieg als Rassenkampf der Dunken gegen die Blonden (1927) y Praktisch-empirisches Handbuch der ariophischen Astrologie (1929). Ni siquiera me apetece acudir al traductor de Google para saber qué significan esas putas mierdas. Liebenfels salió con vida de la segunda guerra mundial y del reinado de doce años de su compatriota el del bigote gracioso. De hecho, se reunió con su Cristo nazi en 1951, de lo que se puede deducir que aunque psicológicamente tenía sus problemillas, en lo físico tenía una una salud de hierro. El muy hijo de la gran puta.

Creo que es posible encontrar versiones en pe de efe del libro de Adolf Josef; me niego a poner enlaces. Que le folle un bruto sodomita. Heil Lanz!

(1) Lanz afirmó que dejó los hábitos al tener una revelación mística tras contemplar la tumba en la que reposaban los restos de un caballero de la orden del Temple. Otras fuentes indican que fue expulsado por practicar la sodomía dentro de los muros del monasterio. No sé, elijan lo que prefieran.

(2) Ese tipo de bigotillo se conoce en alemán como Rotzbremse.

(3) Más conocida como Madame Blavatsky. Además de ser la fundadora y líder del movimiento teosófico y, para el parecer de ciertos aguafiestas, una estafadora de nivel 100, Madame Blavatsky podía hablar con los muertos y con entidades metafísicas invisibles que le escribían cartas místicas que aparecían de pronto del mismo aire, en un ruso correcto, eso sí; y generar ectoplasmas y hacer levitar muebles; y casarse en serie con aristócratas gagás podridos de dinero. 

(4) Este Guido List también era un aristócrata falso, por eso se hacía llamar Guido von List. Era valedor en la zona germánica europea de la escuela teosófica y creía con todo su corazón en una serie de patrañas relacionadas con el pasado ancestral de Alemania, mayormente inventado por entusiastas protonazis y demás gentuza. Estaba convencido de ser descendiente directo de uno de los sacerdotes de Wotan de la mítica Hiperbórea, el muy chalado. Sus excentricidades lo convertían en un personaje muy atractivo para alguien con la cabeza tan floja como Adolf Josef Lanz, el cual se convirtió en el padawan de List al dejar el monasterio. La principal contribución de Guido von List a la humanidad fue su manipulación del símbolo conocido como cruz gamada o esvástica, el cual, gracias a determinados acontecimientos históricos, ha pasado de asociarse a la buena fortuna (hinduismo), o al ciclo eterno de la migración de las almas (budismo), a convertirse en la encarnación del mal absoluto. Gracias Guido, el puto NSDAP no hubiera sido lo mismo sin tu ayuda.


(5) Algunos autores, como Norman Cohn, sostienen que las creencias de Lanz, List y otros cretinos similares proceden de herejías medievales germánicas. Durante el siglo XIII y XIV proliferaron en lo que luego se llamó Deutschland diversos cultos mesiánicos y apocalípticos, algunos de ellos violentos, que a) abominaban de la Iglesia Romana Católica Apostólica; b) odiaban a todo lo foráneo, especialmente a los judíos, pero también a los eslavos, los húngaros y las razas mediterráneas; c) propugnaban el credo de que pronto, la semana que viene a más tardar, un emperador alemán iba a surgir y que éste iba a masacrar a todos los papistas y a todos los judíos, por lo que d) se instauraría una era paradisiaca exclusivamente alemana. Un manuscrito muy extraño del siglo XIV, concocido como El libro de los cien capítulos, escrito por una mano anónima y redescubierto quinientos años después, llega a denominar Tercer Reich a esa era venidera. O sea que a lo mejor de esos polvos vinieron los lodos, amigos.

(6) Ostara es la diosa de la primavera, o la diosa de la renovación, en la muy confusa y mayormente prefabricada mitología germánica. 

(7) Una serie de acaudalados patrocinadores más bien antisemitas le dieron a Lanz el dinero suficiente para hacerse con la propiedad del castillo de Werferstein. Dicho emplazamiento, una ruina mugrienta, se convirtió en la sede de la ONT: la inauguración consistió en el solemne izado de una bandera con la esvástica manipulada de List (navidad de 1907). Dentro de las salas húmedas y oscuras de Burg Werfenstein Lanz y sus cuates, cuya admisión en el club dependía de rigurosos criterios de pureza aria alectrónica desgranados en la revista Ostara y otros lugares, se paseaban con sus hábitos templarios blancos con cruces gamadas estarcidas en el pecho, admiraban supuestos huesos resecos de templarios, daban paseos por los bosques, escalaban montañas, estudiaban menhires, analizaban la hecatombe racial y la degeneración de la sangre, cantaban salmos, se daban por el culo unos a otros, y, en general, hacían todo tipo de cosas arias chachis. Entre los miembros de la ONT tenemos a gente como Guido List, lo cual no sorprende para nada, o el dramaturgo sueco August Strindberg, lo que sí sorprende un poco, la verdad.




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