El caballero de la foto es un canadiense de Ottawa: Roméo Dallaire es su nombre. Ahora es escritor.
En 1994 Dallaire era militar, con el grado de general de brigada. Tenía una de esas garbosas gorras azules de las Naciones Unidas. Estaba destacado en Kigali, capital del pequeño país centroafricano de Ruanda, al mando las fuerzas de pacificación de las Naciones Unidas, en concreto la UNAMIR: United Nations Assistance Mission for Rwanda. La UNAMIR contaba con 50 soldados belgas y 50 soldados australianos y algunos vehículos blindados color blanco paloma de la paz, y estas fuerzas se desplegaron para supervisar el desarrollo pacífico del alto el fuego entre el gobierno del presidente Habyarimana, de mayoría hutu, y los rebeldes del Frente Patriótico Ruandés, el FPR, formado por tutsis. El alto el fuego se pactó en Tanzania tras una reunión entre representantes autorizados de ambas facciones y tuvo lugar en un hotel: a la hoja de ruta resultante se le llamó con cierta pompa los Acuerdos de Arusha.
Todo el mundo sabía que los Acuerdos de Arusha no valían ni el papel en el que estaban escritos, y Dallaire también lo sabía, por supuesto. Todo el mundo sabía perfectamente que la guerra civil ruandesa no había acabado, sino que había cambiado de rostro, había adquirido otra dinámica: ahora las tropas del FPR estaban detenidas en las montañas del norte del país, obedeciendo el acuerdo. La nueva fase iba a ser genocida. Lo sabía todo el mundo. Gran parte de los ruandeses lo esperaban. Desde el año pasado la facción extremista del gobierno, cuya ideología tenía el poco disimulado nombre de Poder Hutu, una claque de coroneles y miembros del séquito de la mujer del presidente (a quien todo el mundo llamaba respetuosamente la Madame), estaba contemplando el exterminio de la minoría tutsi de Ruanda. Había hecho constantes y explícitos llamamientos a la matanza en los medios de comunicación. Había hecho acopio de armas, sobre todo machetes vía Zaire y China y rifles automáticos y granadas vía Francia. Había ordenado a los altos cargos del partido en el poder, el MRDN (qué importa lo que signifiquen esas siglas: algo sobre democracia y desarrollo, las palabras fetiche del presidente Habyarimana) que organizaran con rapidez sus escuadrones de la muerte.
En Ruanda a esos escuadrones se les llamaba interahamwe, una palabra en kinyarwanda que se puede traducir como "los que atacan juntos".
Dallaire y sus hombres podían ver a los tipos del interahamwe entrenándose con machetes y palos en las calles de Kigali, lo hacían por lo demás a la vista de todo el mundo, entre atronadoras ráfagas de música disco y petardeo de motocicletas trucadas. La típica francachela kigaleña, con un toque macabro. El canadiense no parece mal tipo, y posiblemente no fuera mal tipo en 1994. Sabía que se tenía que hacer algo al respecto, pero no en Kigali, ahí ya no se podía hacer nada; no en Ruanda, sino en Nueva York. Pero en Nueva York, después del fiasco de los rangers del ejército estadounidense en Mogadiscio, no le hacían mucho caso. Los chicos de Kofi Annan no estaban entusiasmados ante la idea de meter las narices en otro fregado africano, en otra merienda de negros como alguno de ellos llegó a decir (en confianza, por supuesto). Le pidieron pruebas a Dallaire. Es decir, pruebas diferentes a los berridos de la radio pública ruandesa, en la que locutores drogados con marihuana chillaban matad a las cucarachas (las cucarachas eran los tutsis, todos estaban al corriente). Pruebas distintas a los artículos del periódico oficial del MRDN, el Kangura, donde se dirigían directamente a él, el general de brigada Dallaire de la UNAMIR, diciéndole que por supuesto que era bienvenido en Kigali, pero que tuviera cuidado, que vigilara su espalda, no fuera que por algún desgraciado accidente acabara pasándole algo malo. Pruebas de ese estilo había a puñados, pero no el tipo de prueba capaz de poner nerviosa a la gente de Nueva York. Pero atención: en la segunda semana de enero de 1994 Dallaire tuvo un golpe de suerte. Obtuvo pruebas concretas de la conculcación de los Acuerdos de Arusha: un confidente hutu muy cercano al círculo de la Madame comunicó al general que le pagaban mil dólares al mes para entrenar destacamentos del interahamwe y que sabía de lugares donde se habían almacenado armas.
Así que Dallaire se puso manos a la obra, y mandó un fax. El destinatario era el Departamento de Operaciones de Pacificación sito en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Dicho documento, con fecha 11/1/1994, llevaba por título algo bastante neutro: SOLICITUD DE PROTECCIÓN A CONFIDENTE, pero se las apañaba para indicar con pelos y señales los hechos más relevantes. He aquí el meollo de dicho fax:
Desde la llegada del UNAMIR se le ha ordenado [al confidente] que haga un censo con todos los tutsis de Kigali. Sospecha que van a ser exterminados. A modo de ejemplo, dijo que en veinte minutos su personal podía matar a unos mil tutsis.
Proseguía diciendo:
El confidente afirma que no está de acuerdo con las políticas de limpieza de la etnia tutsi. Apoya la oposición al FPR, pero en conciencia no puede apoyar la muerte de personas inocentes. Afirmó también que el presidente no tiene el control completo sobre todos los elementos de su facción/partido.
Y:
El confidente está dispuesto a facilitar la ubicación de un gran arsenal clandestino, con al menos ciento treinta armas [...] Estaba dispuesto a mostrar el escondrijo secreto si se le ofrece la siguiente garantía. Pide que él y su familia (mujer y cuatro hijos) sean colocados bajo nuestra protección.
El general Dallaire decoraba su fax estampando el sello de ABSOLUTA PRIORIDAD. El general Dallaire, francófono, terminaba el fax con unas palabras manuscritas: Peux ce que veux. Allons'y.
En fin: puede parecer un documento bastante contundente, pero... no. Aquel papel, por lo visto, atravesó a trompicones diversos conductos burocráticos y acabó perdiéndose en alguno de ellos. Los chupatintas que lo leyeron no debieron considerarlo ABSOLUTA PRIORIDAD. Dichos chupabolígrafos, no hay ni que dudarlo, eran buenas personas. Seguro que sí. Simplemente eran buenas personas muy ocupadas, lidiando con todo tipo de prioridades, y con los culos sentados en sillas de oficina situadas a miles de kilómetros de Kigali. Cuando todo acabó, sin embargo, el fax salió milagrosamente a la luz: no sirvió para nada pero al menos las palabras resultaron proféticas. Porque la cosa empezó. Empezó el 6 de abril de 1994, cuando el avión que trasladaba al presidente Habyarimana de Dar es Salam a Kigali fue alcanzado en vuelo por un misil tierra-aire, probablemente un modelo chino. El artefacto en llamas se precipitó sobre los mismísimos jardines del palacio presidencial de Habyarimana, y murieron él, el presidente tutsi de Burundi y otras treinta personas. Ahora se cree (no hay confirmación documental pero fuertes sospechas, por decirlo así) que los que dispararon el misil fueron elementos del Poder Hutu; quizá la Madame en persona diera la orden. Se dice en efecto que estos elementos eliminaron a su propio hombre, ahora considerado una marioneta, con el objetivo de culpar al FPR, o sea a los tutsis, y de ese modo tener algo parecido a una excusa basada en la seguridad nacional. También se quitaron de en medio al primer ministro tutsi, dos pájaros de un tiro y todo eso.
Acto seguido comenzó la política consistente en eliminar a los tutsis, y también a los hutus moderados, de Ruanda. Porque el asesinato en masa de un grupo de personas unidas por alguna característica concreta, en este caso ser tutsis y no hutus, también es una política: lo leí en un libro, creo. El interahamwe se puso a ello. El ejército nacional se puso a ello. Los médicos se pusieron a ello, los bomberos se pusieron a ello; la gente normal y corriente se puso a ello. La propia Virgen María se les apareció a unos críos hutus en un rincón perdido del país llamado Gitarama, en las montañas, y les ordenó que se pusieran a ello. Se pusieron a ello con eficacia. Mataron a casi todos los tutsis. Y en su mayor parte el proceso se hizo a fuerza de brazo, cara a cara, usando la energía liberada por músculos humanos al contraerse y estirarse. Con machetes mayormente, nada de balas, ni mucho menos métodos de alta tecnología como puede ser el gas. Ruanda era y es un país de baja tecnología. La matanza fue por lo tanto de baja tecnología. Los cálculos oscilan en 500.000 muertos en la zona baja de la estimación y más de un millón en la zona alta. Hay que tener en cuenta que los hutus no fueron tan puntillosos como otros genocidas; no dejaron un rastro documental exhaustivo de su hazaña al estilo nazi. La cifra más aceptada en de 800.000 víctimas.
En el caso de las mujeres, las adolescentes y las niñas tutsis, también se dieron numerosos casos de violación antes del asesinato.
Se debe decir que el general Roméo Dallaire solicitó a sus superiores que especificaran las reglas de enfrentamiento cuando los machetazos empezaron en Kigali. Cuando los muertos empezaron a acumularse en zanjas, cunetas, iglesias, hospitales y campos de fútbol. Le respondieron que no había reglas de enfrentamiento, sino que se limitara a observar, y que hiciera fuego únicamente cuando sus tropas fueran objeto de disparos por parte de los ruandeses, fueran quienes fuesen. Nada de Allons'y pues. Los interahamwe y los militares hutu tuvieron picardía y no les dispararon a los tipos blancos con cascos azules, pero también ocurrió que diez soldados belgas, desobedeciendo órdenes, se metieron en una movida para intentar salvar la vida de unos críos y fueron despedazados por una muchedumbre. Me refiero a que mutilaron sus cuerpos, los abrieron en canal, metieron los genitales arrancados en la boca. No eran buenos tiempos para el humanitarismo en Kigali.
El general Dallaire volvió a solicitar instrucciones y le dijeron que desistiera de intervenir con toda la contundencia de una respuesta armada. Le volvieron a decir que observara.
Por lo tanto, el general Dallaire pensó que ya estaba bien de solicitar órdenes. Su situación era muy peliaguda, con unas decenas de hombres bajo su mando en una ciudad cuyos habitantes se habían convertido en asesinos. Solamente las fuerzas de las escuadras interahamwe superaban al contingente del UNAMIR por veinte a uno. Eso sin contar con los militares, que tenían a su disposición fusiles automáticos y explosivos. De modo que el general realizó un repliegue estratégico e instaló a sus efectivos en el Hôtel des Milles Collines. En dicho hotel (propiedad de unos belgas y considerado como el mejor establecimiento hotelero de Kigali y en verdad de toda Ruanda) su gerente, el hutu Paul Rusesabagina, estaba ofreciendo asilo a los tutsis que lograban llegar hasta allí con vida. Rusesabagina, el único negro del país que había alcanzado el estatus de gerente de un hotel de lujo extranjero, se jugó la vida mil veces y salvó a más de mil personas. Echaba a los hutus que periódicamente iban por el lugar con el objetivo de matar a alguien por medio de la labia y los sobornos; cuando llegó el UNAMIR tembién tuvo a su disposición cierta potencia de fuego. Hay una película sobre la ordalía de Paul Rusesabagina. Recuerdo que cuando la vi me hizo gracia el nombre de esa persona, Paul Rusesabagina. No creo ser mala persona, solo idiota. El general Dallaire está interpretado por Nick Nolte.
Visto lo visto, las tropas del FPR se pusieron en marcha. Con bastante olfato estratégico, avanzaron deprisa hacia Kigali, ciudad que alcanzaron y sometieron a sitio en el transcurso de tres meses. Hay que tener en cuenta que las tropas del gobierno ruandés estaban muy ocupadas matando tutsis y hutus moderados, de manera que sus enfrentamientos con el FPR fueron su mayoría testimoniales. Empezaron las contramatanzas, esto es, tutsis matando hutus. Una enorme masa de hutus comenzó a desplazarse lentamente fuera del alcance del FPR, en dirección a la frontera con Zaire. Algunos cálculos estiman que este éxodo fue de más de un millón y medio de personas. Zaire es un país inmenso que ahora se llama República del Congo; en esa época todavía estaba controlado en su mayor parte por Mobutu Sese Seko. Mobutu: el de los gorros de leopardo, uno de los mayores ladrones de la historia mundial, el payaso que pagaba un cuerpo femenino de paracadistas de élite que jamás habían saltado de un avión, porque en Zaire no había aviones. Si seguía mandando era gracias a Francia y a la CIA, pero dado que además de payaso era un monstruo, el asunto de los refugiados ruandeses derivó con rapidez en otra catástrofe humanitaria.
También fue una catástrofe moral. Entre los refugiados que alcanzaron Zaire había un montón de asesinos hutus. Los cuadros del interahamwe casi al completo y muchos altas personalidades de Poder Hutu acabaron en campamentos de refugiados mantenidos por agencias de cooperación internacionales que sacaban el dinero de las Naciones Unidas. Estos elementos se confundieron con la muchedumbre de hutus inocentes y semi-culpables. Entonces, tenemos que las Naciones Unidas dio de comer a los asesinos. Naciones Unidos proveyó de mantas y medicinas a los asesinos. Naciones Unidas instaló a los genocidas en tiendas con aire acondicionado y les proyectó películas de estreno en cines al aire libre. Así fue.
Seguían sucediendo cosas muy feas. El general Dallaire y sus hombres, algunos de los cuales acabaron su servicio literalmente locos de atar, intentaron trasladar a los refugiados tutsis del Hôtel des Milles Collines al aeropuerto internacional de Kigali. Lo lograron más o menos: muchos tutsis fueron macheteados por el camino. Mobutu ordenó que enterraran los restos del presidente Habyarimana, un buen amigo personal, en los terrenos de una de sus fincas, mientras en los campos de refugiados había hutus matando tutsis y tutsis matando hutus en medio de una confusión inimaginable y delante de las narices de los cooperantes (no tenían armas y la mayoría solicitó la evacuación para evitar ser asesinados). Francia emprendió la llamada Operación Turquesa, anunciada a bombo y platillo en la prensa y la televisón parisinas pero rápidamente olvidada, en teoría una acción humanitaria encaminada a detener las matanzas de tutsis, que todavía se sucedían en muchas regiones del país. En la práctica, la Operación Turquesa sirvió para que los restos en retirada de Poder Hutu no fueran exterminados por el FPR, mientras en que por todos lados la masacre continuaba bajo la dirección de elementos locales: alcaldes, abades, maestros de escuela, entrenadores de equipos de béisbol, jefes de policía, etcétera.
También se produjo un curioso debate en el seno de la comunidad internacional. Había una cuestión a dilucidar, y esta cuestión era si lo que estaba ocurriendo en Ruanda era un genocidio o no. Genocidio no es solamente una palabra. Es un término legal, de uso en la ley internacional desde los Juicios de Núremberg, y conlleva obligaciones. Desde Núremberg y los hechos juzgados allí en 1945, la comunidad internacional acordó que cuando se está cometiendo algo considerado como un genocidio es el deber de la comunidad internacional ponerle fin. Detenerlo. Eso incluye el posible uso de la fuerza, con despliegue de tropas en suelo extranjero si es necesario. Por eso tiene su aquel este debate semántico. A algunos países, como Francia o Estados Unidos, lo de Ruanda no les parecía un genocidio, sino que hablaron de actos de posible genocidio. Vean ahí el matiz: no genocidio, sino algo que a lo mejor es genocidio, total: nos quedamos quietos. Madeleine Allbright, secretaria de estado en la administración Clinton, no se cubrió de gloria precisamente, al sentir de algunos comentaristas. François Mitterand, tres cuartos de lo mismo. De modo que no se hizo gran cosa para parar aquello. El general Dallaire y sus hombres fueron evacuados. Y el asunto continuó. Continúa, de otra forma, hasta el día de hoy.
En fin, Dallaire, ya retirado de las fuerzas armadas canadienses, fue entrevistado por la BBC hace algunos años. De las cosas que dice, hay una que llama mucho la atención. Dice que como no podían disparar a los asesinos, se dedicaron a disparar a los perros. Los perros de Kigali, explicaba, tenían hambre y entonces se volvieron como locos con tanto cadáver. Así que las fuerzas de paz de las Naciones Unidas dispararon a cientos de perros por motivos de higiene pública. Dallaire comienza la entrevista de la BBC tranquilo, sosegado, pero hacia el final pierde un poco la compostura y casi gritando a la cámara dice que ya casi no hay perros en Ruanda.
En Ruanda a esos escuadrones se les llamaba interahamwe, una palabra en kinyarwanda que se puede traducir como "los que atacan juntos".
Dallaire y sus hombres podían ver a los tipos del interahamwe entrenándose con machetes y palos en las calles de Kigali, lo hacían por lo demás a la vista de todo el mundo, entre atronadoras ráfagas de música disco y petardeo de motocicletas trucadas. La típica francachela kigaleña, con un toque macabro. El canadiense no parece mal tipo, y posiblemente no fuera mal tipo en 1994. Sabía que se tenía que hacer algo al respecto, pero no en Kigali, ahí ya no se podía hacer nada; no en Ruanda, sino en Nueva York. Pero en Nueva York, después del fiasco de los rangers del ejército estadounidense en Mogadiscio, no le hacían mucho caso. Los chicos de Kofi Annan no estaban entusiasmados ante la idea de meter las narices en otro fregado africano, en otra merienda de negros como alguno de ellos llegó a decir (en confianza, por supuesto). Le pidieron pruebas a Dallaire. Es decir, pruebas diferentes a los berridos de la radio pública ruandesa, en la que locutores drogados con marihuana chillaban matad a las cucarachas (las cucarachas eran los tutsis, todos estaban al corriente). Pruebas distintas a los artículos del periódico oficial del MRDN, el Kangura, donde se dirigían directamente a él, el general de brigada Dallaire de la UNAMIR, diciéndole que por supuesto que era bienvenido en Kigali, pero que tuviera cuidado, que vigilara su espalda, no fuera que por algún desgraciado accidente acabara pasándole algo malo. Pruebas de ese estilo había a puñados, pero no el tipo de prueba capaz de poner nerviosa a la gente de Nueva York. Pero atención: en la segunda semana de enero de 1994 Dallaire tuvo un golpe de suerte. Obtuvo pruebas concretas de la conculcación de los Acuerdos de Arusha: un confidente hutu muy cercano al círculo de la Madame comunicó al general que le pagaban mil dólares al mes para entrenar destacamentos del interahamwe y que sabía de lugares donde se habían almacenado armas.
Así que Dallaire se puso manos a la obra, y mandó un fax. El destinatario era el Departamento de Operaciones de Pacificación sito en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Dicho documento, con fecha 11/1/1994, llevaba por título algo bastante neutro: SOLICITUD DE PROTECCIÓN A CONFIDENTE, pero se las apañaba para indicar con pelos y señales los hechos más relevantes. He aquí el meollo de dicho fax:
Desde la llegada del UNAMIR se le ha ordenado [al confidente] que haga un censo con todos los tutsis de Kigali. Sospecha que van a ser exterminados. A modo de ejemplo, dijo que en veinte minutos su personal podía matar a unos mil tutsis.
Proseguía diciendo:
El confidente afirma que no está de acuerdo con las políticas de limpieza de la etnia tutsi. Apoya la oposición al FPR, pero en conciencia no puede apoyar la muerte de personas inocentes. Afirmó también que el presidente no tiene el control completo sobre todos los elementos de su facción/partido.
Y:
El confidente está dispuesto a facilitar la ubicación de un gran arsenal clandestino, con al menos ciento treinta armas [...] Estaba dispuesto a mostrar el escondrijo secreto si se le ofrece la siguiente garantía. Pide que él y su familia (mujer y cuatro hijos) sean colocados bajo nuestra protección.
El general Dallaire decoraba su fax estampando el sello de ABSOLUTA PRIORIDAD. El general Dallaire, francófono, terminaba el fax con unas palabras manuscritas: Peux ce que veux. Allons'y.
En fin: puede parecer un documento bastante contundente, pero... no. Aquel papel, por lo visto, atravesó a trompicones diversos conductos burocráticos y acabó perdiéndose en alguno de ellos. Los chupatintas que lo leyeron no debieron considerarlo ABSOLUTA PRIORIDAD. Dichos chupabolígrafos, no hay ni que dudarlo, eran buenas personas. Seguro que sí. Simplemente eran buenas personas muy ocupadas, lidiando con todo tipo de prioridades, y con los culos sentados en sillas de oficina situadas a miles de kilómetros de Kigali. Cuando todo acabó, sin embargo, el fax salió milagrosamente a la luz: no sirvió para nada pero al menos las palabras resultaron proféticas. Porque la cosa empezó. Empezó el 6 de abril de 1994, cuando el avión que trasladaba al presidente Habyarimana de Dar es Salam a Kigali fue alcanzado en vuelo por un misil tierra-aire, probablemente un modelo chino. El artefacto en llamas se precipitó sobre los mismísimos jardines del palacio presidencial de Habyarimana, y murieron él, el presidente tutsi de Burundi y otras treinta personas. Ahora se cree (no hay confirmación documental pero fuertes sospechas, por decirlo así) que los que dispararon el misil fueron elementos del Poder Hutu; quizá la Madame en persona diera la orden. Se dice en efecto que estos elementos eliminaron a su propio hombre, ahora considerado una marioneta, con el objetivo de culpar al FPR, o sea a los tutsis, y de ese modo tener algo parecido a una excusa basada en la seguridad nacional. También se quitaron de en medio al primer ministro tutsi, dos pájaros de un tiro y todo eso.
Acto seguido comenzó la política consistente en eliminar a los tutsis, y también a los hutus moderados, de Ruanda. Porque el asesinato en masa de un grupo de personas unidas por alguna característica concreta, en este caso ser tutsis y no hutus, también es una política: lo leí en un libro, creo. El interahamwe se puso a ello. El ejército nacional se puso a ello. Los médicos se pusieron a ello, los bomberos se pusieron a ello; la gente normal y corriente se puso a ello. La propia Virgen María se les apareció a unos críos hutus en un rincón perdido del país llamado Gitarama, en las montañas, y les ordenó que se pusieran a ello. Se pusieron a ello con eficacia. Mataron a casi todos los tutsis. Y en su mayor parte el proceso se hizo a fuerza de brazo, cara a cara, usando la energía liberada por músculos humanos al contraerse y estirarse. Con machetes mayormente, nada de balas, ni mucho menos métodos de alta tecnología como puede ser el gas. Ruanda era y es un país de baja tecnología. La matanza fue por lo tanto de baja tecnología. Los cálculos oscilan en 500.000 muertos en la zona baja de la estimación y más de un millón en la zona alta. Hay que tener en cuenta que los hutus no fueron tan puntillosos como otros genocidas; no dejaron un rastro documental exhaustivo de su hazaña al estilo nazi. La cifra más aceptada en de 800.000 víctimas.
En el caso de las mujeres, las adolescentes y las niñas tutsis, también se dieron numerosos casos de violación antes del asesinato.
Se debe decir que el general Roméo Dallaire solicitó a sus superiores que especificaran las reglas de enfrentamiento cuando los machetazos empezaron en Kigali. Cuando los muertos empezaron a acumularse en zanjas, cunetas, iglesias, hospitales y campos de fútbol. Le respondieron que no había reglas de enfrentamiento, sino que se limitara a observar, y que hiciera fuego únicamente cuando sus tropas fueran objeto de disparos por parte de los ruandeses, fueran quienes fuesen. Nada de Allons'y pues. Los interahamwe y los militares hutu tuvieron picardía y no les dispararon a los tipos blancos con cascos azules, pero también ocurrió que diez soldados belgas, desobedeciendo órdenes, se metieron en una movida para intentar salvar la vida de unos críos y fueron despedazados por una muchedumbre. Me refiero a que mutilaron sus cuerpos, los abrieron en canal, metieron los genitales arrancados en la boca. No eran buenos tiempos para el humanitarismo en Kigali.
El general Dallaire volvió a solicitar instrucciones y le dijeron que desistiera de intervenir con toda la contundencia de una respuesta armada. Le volvieron a decir que observara.
Por lo tanto, el general Dallaire pensó que ya estaba bien de solicitar órdenes. Su situación era muy peliaguda, con unas decenas de hombres bajo su mando en una ciudad cuyos habitantes se habían convertido en asesinos. Solamente las fuerzas de las escuadras interahamwe superaban al contingente del UNAMIR por veinte a uno. Eso sin contar con los militares, que tenían a su disposición fusiles automáticos y explosivos. De modo que el general realizó un repliegue estratégico e instaló a sus efectivos en el Hôtel des Milles Collines. En dicho hotel (propiedad de unos belgas y considerado como el mejor establecimiento hotelero de Kigali y en verdad de toda Ruanda) su gerente, el hutu Paul Rusesabagina, estaba ofreciendo asilo a los tutsis que lograban llegar hasta allí con vida. Rusesabagina, el único negro del país que había alcanzado el estatus de gerente de un hotel de lujo extranjero, se jugó la vida mil veces y salvó a más de mil personas. Echaba a los hutus que periódicamente iban por el lugar con el objetivo de matar a alguien por medio de la labia y los sobornos; cuando llegó el UNAMIR tembién tuvo a su disposición cierta potencia de fuego. Hay una película sobre la ordalía de Paul Rusesabagina. Recuerdo que cuando la vi me hizo gracia el nombre de esa persona, Paul Rusesabagina. No creo ser mala persona, solo idiota. El general Dallaire está interpretado por Nick Nolte.
Visto lo visto, las tropas del FPR se pusieron en marcha. Con bastante olfato estratégico, avanzaron deprisa hacia Kigali, ciudad que alcanzaron y sometieron a sitio en el transcurso de tres meses. Hay que tener en cuenta que las tropas del gobierno ruandés estaban muy ocupadas matando tutsis y hutus moderados, de manera que sus enfrentamientos con el FPR fueron su mayoría testimoniales. Empezaron las contramatanzas, esto es, tutsis matando hutus. Una enorme masa de hutus comenzó a desplazarse lentamente fuera del alcance del FPR, en dirección a la frontera con Zaire. Algunos cálculos estiman que este éxodo fue de más de un millón y medio de personas. Zaire es un país inmenso que ahora se llama República del Congo; en esa época todavía estaba controlado en su mayor parte por Mobutu Sese Seko. Mobutu: el de los gorros de leopardo, uno de los mayores ladrones de la historia mundial, el payaso que pagaba un cuerpo femenino de paracadistas de élite que jamás habían saltado de un avión, porque en Zaire no había aviones. Si seguía mandando era gracias a Francia y a la CIA, pero dado que además de payaso era un monstruo, el asunto de los refugiados ruandeses derivó con rapidez en otra catástrofe humanitaria.
También fue una catástrofe moral. Entre los refugiados que alcanzaron Zaire había un montón de asesinos hutus. Los cuadros del interahamwe casi al completo y muchos altas personalidades de Poder Hutu acabaron en campamentos de refugiados mantenidos por agencias de cooperación internacionales que sacaban el dinero de las Naciones Unidas. Estos elementos se confundieron con la muchedumbre de hutus inocentes y semi-culpables. Entonces, tenemos que las Naciones Unidas dio de comer a los asesinos. Naciones Unidos proveyó de mantas y medicinas a los asesinos. Naciones Unidas instaló a los genocidas en tiendas con aire acondicionado y les proyectó películas de estreno en cines al aire libre. Así fue.
Seguían sucediendo cosas muy feas. El general Dallaire y sus hombres, algunos de los cuales acabaron su servicio literalmente locos de atar, intentaron trasladar a los refugiados tutsis del Hôtel des Milles Collines al aeropuerto internacional de Kigali. Lo lograron más o menos: muchos tutsis fueron macheteados por el camino. Mobutu ordenó que enterraran los restos del presidente Habyarimana, un buen amigo personal, en los terrenos de una de sus fincas, mientras en los campos de refugiados había hutus matando tutsis y tutsis matando hutus en medio de una confusión inimaginable y delante de las narices de los cooperantes (no tenían armas y la mayoría solicitó la evacuación para evitar ser asesinados). Francia emprendió la llamada Operación Turquesa, anunciada a bombo y platillo en la prensa y la televisón parisinas pero rápidamente olvidada, en teoría una acción humanitaria encaminada a detener las matanzas de tutsis, que todavía se sucedían en muchas regiones del país. En la práctica, la Operación Turquesa sirvió para que los restos en retirada de Poder Hutu no fueran exterminados por el FPR, mientras en que por todos lados la masacre continuaba bajo la dirección de elementos locales: alcaldes, abades, maestros de escuela, entrenadores de equipos de béisbol, jefes de policía, etcétera.
También se produjo un curioso debate en el seno de la comunidad internacional. Había una cuestión a dilucidar, y esta cuestión era si lo que estaba ocurriendo en Ruanda era un genocidio o no. Genocidio no es solamente una palabra. Es un término legal, de uso en la ley internacional desde los Juicios de Núremberg, y conlleva obligaciones. Desde Núremberg y los hechos juzgados allí en 1945, la comunidad internacional acordó que cuando se está cometiendo algo considerado como un genocidio es el deber de la comunidad internacional ponerle fin. Detenerlo. Eso incluye el posible uso de la fuerza, con despliegue de tropas en suelo extranjero si es necesario. Por eso tiene su aquel este debate semántico. A algunos países, como Francia o Estados Unidos, lo de Ruanda no les parecía un genocidio, sino que hablaron de actos de posible genocidio. Vean ahí el matiz: no genocidio, sino algo que a lo mejor es genocidio, total: nos quedamos quietos. Madeleine Allbright, secretaria de estado en la administración Clinton, no se cubrió de gloria precisamente, al sentir de algunos comentaristas. François Mitterand, tres cuartos de lo mismo. De modo que no se hizo gran cosa para parar aquello. El general Dallaire y sus hombres fueron evacuados. Y el asunto continuó. Continúa, de otra forma, hasta el día de hoy.
En fin, Dallaire, ya retirado de las fuerzas armadas canadienses, fue entrevistado por la BBC hace algunos años. De las cosas que dice, hay una que llama mucho la atención. Dice que como no podían disparar a los asesinos, se dedicaron a disparar a los perros. Los perros de Kigali, explicaba, tenían hambre y entonces se volvieron como locos con tanto cadáver. Así que las fuerzas de paz de las Naciones Unidas dispararon a cientos de perros por motivos de higiene pública. Dallaire comienza la entrevista de la BBC tranquilo, sosegado, pero hacia el final pierde un poco la compostura y casi gritando a la cámara dice que ya casi no hay perros en Ruanda.


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